Esta reflexión versa sobre la mediación en la Masonería, y más concretamente sobre su significado en el seno de la Gran Logia de España (GLE), a la luz de la Constitución y Reglamentos Generales actualizados conforme a las modificaciones del Decreto 1451/2025.
Donde hay libertad, hay diferencia; donde hay diferencia, puede surgir tensión; y donde surge tensión, el masón está llamado a transformar la piedra bruta de la discordia en materia útil para la construcción del Templo.
La mediación aparece precisamente en ese espacio intermedio: entre la palabra dicha y la palabra comprendida; entre la ofensa sentida y el perdón posible; entre mi verdad y la verdad del otro. Mediar no es imponer, no es juzgar, no es vencer. Mediar es situarse en el centro, no como dueño de la verdad, sino como servidor de la armonía.
La propia Constitución de la Gran Logia de España sitúa el espíritu masónico en dos máximas esenciales: “conócete” y “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Añade que la Francmasonería es una asociación de hombres libres e independientes que se dedican a poner en práctica un ideal de paz, amor y fraternidad, orientado al perfeccionamiento moral de la humanidad mediante costumbres y formas simbólicas. También impone a sus miembros el respeto a las opiniones ajenas y prohíbe la discusión política o religiosa, con el fin de constituir un centro permanente de unión fraternal.
En esas palabras se encuentra ya la raíz de la mediación. El conflicto entre Hermanos no es solo un problema disciplinario; es también una llamada al trabajo interior. En el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en la iniciación hay un momento en que el profano debe interiorizar consigo mismo el potencial conflicto que podría tener con un hermano, y esa es una forma de perdonarse y conciliarse consigo mismo. Esa es la mediacion en Masonería.
Si debo conocerme, debo preguntarme qué parte de mí se siente herida, qué orgullo se activa, qué metal profano reaparece. Si debo amar al prójimo como a mí mismo, debo recordar que el Hermano con quien discrepo no deja de ser Hermano por el hecho de pensar, sentir o actuar de modo distinto.
No es casual que nuestro trabajo esté rodeado de instrumentos de proporción y armonía. La escuadra nos recuerda la rectitud; el compás, la moderación de las pasiones; el nivel, la igualdad esencial entre los Hermanos; la plomada, la verticalidad interior. Todos ellos hablan, de algún modo, de mediación. Porque mediar es medir: medir la palabra, medir el juicio, medir la reacción, medir el ego y medir la distancia entre lo que creo justo y lo que quizá solo es orgullo revestido de justicia.

I. Los Antiguos Deberes y el arreglo amistoso
La mediación no es una innovación ajena al espíritu tradicional de la Orden. En las Obligaciones o Reglas para un buen Francmasón, recogidas en el texto de la GLE, se dice que los masones deben cultivar el amor fraternal como piedra fundamental, cimiento y gloria de la antigua fraternidad, evitando querellas, disputas, maledicencias y calumnias. El mismo texto aconseja que, ante injurias o diferencias entre Hermanos, se acuda primero a la Logia y se escuchen los consejos sinceros y amigables del Maestro y de los compañeros, procurando evitar acudir a juicio delante de extraños. Incluso prevé que se pida consejo a Hermanos conocedores del derecho para proponer un arreglo amistoso.
Esta referencia es de enorme importancia. Nos muestra que la conciliación entre Hermanos no es una concesión moderna, sino una continuidad con la antigua costumbre masónica. Antes de litigar, antes de sancionar, antes de dividir, la Orden llama a recomponer. Antes de convertir la diferencia en expediente, invita a convertirla en ocasión de fraternidad.
La mediación, por tanto, no es debilidad. Es fidelidad al método masónico. No pretende negar la justicia, sino impedir que la justicia se contamine de animosidad, cólera o venganza. Los Antiguos Deberes no dicen que no pueda existir procedimiento; dicen que, antes de llegar a él, debe intentarse un arreglo amistoso, evitando todo aquello que pueda lastimar la caridad fraternal o interrumpir la reciprocidad de las buenas relaciones.
Aquí encontramos una enseñanza profunda: la finalidad no es simplemente resolver un incidente, sino preservar la cadena de unión.

II. La regulación del Hermano Conciliador en la GLE
La Constitución de la GLE, en su regulación de la Justicia Masónica, establece que debe desarrollarse reglamentariamente la figura del Hermano Conciliador, al que habrá de recurrirse de manera obligatoria y previa a la interposición de una denuncia masónica entre Hermanos. También dispone que habrá un Hermano Conciliador por cada Logia, otro por cada Provincia y otro para la GLE.
Esta previsión constitucional es desarrollada en los Reglamentos Generales. En el ámbito de la Logia, se prevé que cada Logia elija entre sus miembros con grado de Maestro a un Hermano Conciliador, por un periodo de dos años prorrogables por otros dos. Su intervención es necesaria en todo conflicto que pueda surgir en el seno de la Logia, con carácter previo a la vía judicial masónica, y su objetivo es conciliar las diferencias entre Hermanos.
III. Mediación, perdón y no absolutismo
El sentido esotérico de la mediación se comprende mejor si lo relacionamos con el perdón y con el no absolutismo.
El masón no debe confundir firmeza con rigidez. La Masonería nos enseña a buscar la Verdad, pero también nos enseña que ninguno de nosotros la posee por completo. Cada Hermano contempla la realidad desde su historia, su grado de conciencia, sus heridas y sus límites. Por eso, cuando Somos absolutistas en nuestra razón, dejamos de buscar la Luz y empezamos a defender nuestro ego.
Mediar exige reconocer que mi perspectiva puede ser parcial. No significa negar la justicia ni justificar lo injustificable. Significa aceptar que, antes de condenar al otro, debo examinarme a mí mismo. La mediación no borra la responsabilidad, pero introduce una pregunta iniciática: ¿qué debo aprender de este conflicto?
El perdón, en este contexto, no es olvido ni impunidad. El perdón masónico es una liberación interior. Quien perdona no necesariamente niega el daño, pero impide que el daño gobierne para siempre su alma. Perdonar es no quedar encadenado al agravio. Es permitir que la fraternidad tenga una oportunidad allí donde el orgullo exige ruptura.
La mediación crea el espacio donde el perdón puede hacerse posible. No lo impone, porque el perdón impuesto carece de valor moral. Pero lo prepara. Abre un lugar de palabra, escucha, silencio y reconocimiento. En ese lugar, cada parte puede despojarse de sus metales: el metal de la soberbia, el metal del resentimiento, el metal de la sospecha, el metal de la razón absoluta.
La Regla de los Doce Puntos de la Francmasonería afirma que los Francmasones se deben mutuamente ayuda y protección fraternal, y que practican el arte de conservar, en toda circunstancia, la calma y el equilibrio indispensables para una perfecta maestría de sí mismos. Esa calma y ese equilibrio son la base misma de la mediación. Sin dominio de sí, no hay verdadera conciliación. Sin silencio interior, la palabra se convierte en arma.

IV. La dimensión esotérica del centro
Desde una mirada esotérica, mediar es buscar el centro.
El centro no es tibieza ni indiferencia. El centro es el punto donde las oposiciones dejan de destruirse y comienzan a ordenarse. En el Templo, todo remite a una arquitectura interior: Oriente y Occidente, luz y sombra, columna de la fuerza y columna de la belleza, palabra y silencio, rigor y misericordia. El iniciado no elimina las polaridades; aprende a armonizarlas.
El Hermano Conciliador, simbólicamente, se sitúa entre columnas. No para negar a una parte ni dar la razón automática a la otra, sino para recordar que el Templo necesita equilibrio. Su función no es alimentar la victoria de uno sobre otro, sino facilitar que ambos vuelvan a reconocerse como piedras de una misma construcción.
La mediación también ocurre dentro de cada uno de nosotros. Todos llevamos en nuestro interior fuerzas enfrentadas: razón y pasión, memoria y esperanza, deseo de justicia y tentación de venganza, voluntad de paz y necesidad de tener razón. Antes de mediar con otro Hermano, el masón debe aprender a mediar consigo mismo.
Este es quizá el secreto más profundo de la mediación masónica: nadie puede ser instrumento de paz si no trabaja su propia paz. Nadie puede reconciliar a otros si vive sometido a su orgullo. Nadie puede invocar la fraternidad si no está dispuesto a sacrificar algo de sí mismo en beneficio del bien común.
La mediación es, por tanto, una forma de alquimia moral. Toma la materia grosera del conflicto y trata de transmutarla en comprensión. Toma el plomo del agravio y busca convertirlo en oro fraternal. No siempre lo consigue, porque la libertad humana puede resistirse a la Luz. Pero incluso cuando no hay avenencia, la mediación ya ha cumplido una función: recordar a los Hermanos que el camino masónico no es el de la imposición, sino el de la elevación.
V. Conclusión
La mediación en Masonería no es una simple herramienta administrativa. Es una expresión práctica de nuestros principios. Si la Constitución de la GLE habla de paz, amor, fraternidad, respeto a las opiniones ajenas y perfeccionamiento moral, la mediación es uno de los cauces concretos para que esos principios no queden en meras palabras.
Mediar es practicar la fraternidad precisamente cuando más difícil resulta. Es reconocer que el Hermano con quien discrepo no es mi enemigo, sino quizá mi espejo. Es aceptar que detrás de toda desavenencia puede esconderse una enseñanza. Es recordar que no somos hombres de verdades absolutas, sino buscadores de la Verdad; no propietarios de la Luz, sino obreros que aspiran a recibirla y transmitirla.
R.H. Alfonso Hernández Quereda – Gran Conciliador de la GLE
