Ábora volvió a su casa, una Logia que no regresa al pasado, sino que quiere hablarle al futuro. 

Ochenta años después, el nombre de Ábora volvió a caminar por las calles de La Palma. No fue un simple regreso geográfico, sino un acto de memoria, reparación y continuidad. En 2016, tras décadas de silencio, persecución y ausencia, la Respetable Logia Ábora 87 volvió a levantar columnas en la isla donde había nacido su historia moderna. La Semana Masónica, sus conferencias y exposiciones devolvieron a la sociedad palmera una parte de su pasado silenciado. 

Pero regresar no basta. Una institución puede recuperar su nombre, sus símbolos y su memoria y convertirse, aun así, en una pieza de museo si deja de hablar con la sociedad de su tiempo. Ábora no nació para contemplar su pasado, sino para participar en la construcción del presente. Por eso, diez años después de aquel regreso, la pregunta decisiva no es de dónde viene, sino para qué ha vuelto.

La historia documentada de Ábora comienza en 1875, cuando se constituyó en Santa Cruz de La Palma bajo los auspicios del Grande Oriente Lusitano Unido. Tras distintas etapas, volvió a levantarse en 1911 bajo el Grande Oriente Español y, en 1923, participó en la fundación de la Gran Logia de Canarias. Fue uno de los talleres masónicos más importantes del archipiélago, pero su verdadera relevancia no se encuentra en las fechas, sino en las personas que lo integraron. 

Personas de profesiones e ideas distintas encontraron en Ábora un espacio común, unido por valores como la libertad, la educación, la cultura, la tolerancia y el progreso. Su influencia se proyectó más allá de las paredes de la logia: sus miembros participaron en la vida pública, intelectual y cultural de La Palma. Ese fue quizá el auténtico poder de Ábora: no el número de mandiles reunidos, sino la capacidad de convertir ideas en conversación, ciudadanía y compromiso. 

Todo cambió en 1936. El golpe militar quebró aquella historia y abrió un largo periodo de persecución, represión, miedo y ocultación. Su silencio fue impuesto. Por eso, cuando su nombre volvió a La Palma en 2016, regresaron también la memoria de quienes fueron perseguidos, los valores que habían intentado borrar y la posibilidad de mirar sin miedo una parte de la historia insular durante décadas silenciada. 

Aquel retorno no significaba empezar desde cero. Ábora había sobrevivido lejos de su tierra de origen y su trayectoria mantuvo continuidad en Gran Canaria. Volver a La Palma fue recuperar una raíz que durante años había tenido que crecer lejos de casa. Pero una raíz no vuelve para enterrarse en el pasado: vuelve para dar vida. 

La Ábora del siglo XXI no puede ser la misma de 1875. La sociedad ha cambiado: la política, la religión, la economía, las comunicaciones y la forma de informarnos son otras. Han aparecido nuevos desafíos: redes sociales, inteligencia artificial, desinformación, polarización, soledad y desigualdad. El mejor homenaje a los antiguos masones no consiste en repetir sus palabras, sino en hacer hoy lo que ellos hicieron entonces: ponerse al servicio de la sociedad desde los valores que defendían. 

La pregunta debe invertirse. Ábora no ha de preguntarse qué puede recibir de la sociedad, sino qué necesita hoy la sociedad de Ábora. Necesita diálogo, espacios de convivencia, libertad de conciencia, cultura, formación, memoria democrática y capacidad para escuchar al que piensa diferente. Necesita puentes entre generaciones, entre creyentes y no creyentes, entre instituciones y ciudadanía, entre tradición y modernidad, entre la memoria y el futuro. 

Discreción no significa invisibilidad. Una logia del siglo XXI puede preservar su naturaleza interna y, al mismo tiempo, abrir sus valores y su compromiso ciudadano. No necesita salir a la calle para hablar constantemente de masonería, sino para hacer algo útil: impulsar cultura, educación cívica, memoria histórica, reflexión ética, igualdad, diálogo y proyectos capaces de responder a los problemas de nuestro tiempo. 

La Palma no necesita una Ábora encerrada en su pasado. Necesita una Ábora que recuerde sin quedar prisionera del recuerdo, orgullosa de sus antecesores pero consciente de que los homenajes verdaderos se hacen con obras. El regreso iniciado en 2016 solo estará completo cuando un joven encuentre en ella un lugar para aprender, cuando dos personas que piensan distinto puedan sentarse a una misma mesa, cuando una asociación la reconozca como compañera y cuando la sociedad palmera perciba que Ábora no ha vuelto únicamente para recordar lo que fue, sino para ayudar a construir lo que quiere ser. 

Ábora regresó a La Palma después de ochenta años. Ahora tiene otro viaje por delante, mucho más difícil que el de 2016: el viaje hacia la sociedad del siglo XXI. No necesita imitar a sus antecesores, sino aprender de ellos. No necesita pedir a la sociedad que comprenda a la masonería, sino demostrar que la masonería es capaz de comprender a la sociedad y recuperar su capacidad de ser útil. 

Porque quizás esa sea la verdadera manera de devolver Ábora a La Palma, no devolviéndola solamente a sus calles, sino devolviéndola a la conversación de su pueblo, Y esta vez no para hablar del pasado. Sino para ayudar a construir el futuro.