De Málaga a Inglaterra y de la tradición de Emulación a Saint George n.º 38: la historia de un hermano que ha hecho del aprendizaje, el servicio y la ayuda a los demás una forma de entender la vida.

Hay trayectorias masónicas que se distinguen por los cargos desempeñados; otras, por los proyectos que ayudaron a levantar. Y algunas, quizá las más duraderas, por la huella que dejan entre sus hermanos. La del Respetable Hermano José Ortiz Cerdán, conocido afectuosamente como Pepe, reúne esas tres dimensiones. Su biografía forma parte de la historia de la masonería regular española contemporánea, pero también habla de algo menos visible en los archivos: la perseverancia, la amistad y la fraternidad practicada durante toda una vida.

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La avanzada edad de Pepe y las dificultades que hoy acompañan su día a día no permiten desarrollar una entrevista biográfica convencional. Sin embargo, una conversación mantenida con él en su domicilio ha permitido recuperar recuerdos significativos.

De El Perchel a Inglaterra: los primeros vínculos fraternales

José Ortiz Cerdán nació en Málaga el 21 de agosto de 1937 y pasó su infancia en el barrio de El Perchel. A los 23 años se trasladó a Inglaterra, donde establecería su hogar y desarrollaría gran parte de su trayectoria personal, profesional y masónica. Durante sus años británicos estuvo vinculado al entorno del Borough Road College. La documentación biográfica consultada añade que, en 1981, trabajaba como ingeniero para Watneys London Ltd. y residía en Isleworth; este dato ayuda a situar el contexto cotidiano en el que se fue formando su vida asociativa.

Antes de descubrir la masonería, perteneció a la Royal Antediluvian Order of Buffaloes, también conocida como The Buffs. Los Buffaloes son una organización fraternal británica surgida en el siglo XIX, distinta e independiente de la francmasonería. Sus miembros se reúnen en estructuras llamadas logias y cultivan la convivencia, la ayuda mutua y las actividades benéficas. Aunque algunas formas externas de reunión puedan resultar familiares para un masón, no se trata de una obediencia ni de un grado masónico. Para Pepe, esa experiencia constituyó una primera aproximación a las reuniones fraternales y a sus formas de sociabilidad.

En la conversación recordó que ya estaba acostumbrado, gracias a los Buffaloes, a encontrarse con otras personas en reuniones y cenas. Por eso, cuando llegó su iniciación masónica, el ambiente de encuentro entre hermanos no le resultó enteramente extraño. Más importante aún fue el vínculo personal: según su recuerdo, fue un miembro de aquella organización, que también era masón, quien le abrió el camino hacia la institución a la que acabaría dedicando tantos años.

La iniciación: entrar para aprender

En 1981 comenzó formalmente su vida masónica en la Middlesex Home Service Lodge n.º 5836, bajo la jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra. .

Cuando se le pidió que recordara qué había sentido en su iniciación, su respuesta fue sencilla: no sabía exactamente qué le esperaba; quería aprender. Esa disposición —acercarse sin exigir resultados ni anticipar recompensas— ilumina el resto de su recorrido. Más que insistir en la emoción excepcional de una ceremonia, Pepe subrayó la voluntad de conocer, de escuchar y de descubrir, paso a paso, una tradición que le despertaba un interés profundo.

Recordó asimismo el ágape posterior como una cena entre amigos, la ocasión para conocer hermanos de su propia logia y de otras, ampliar relaciones y comenzar a visitar diferentes talleres para observar cómo trabajaban. El aprendizaje no quedaba encerrado en los libros: pasaba también por la conversación, la experiencia compartida y el contacto con otras maneras de practicar los rituales.

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En 1983 fue admitido en el Osterley Chapter n.º 6430 del Arco Real y, más adelante, desarrolló actividad en la masonería de la Marca y en los Royal Ark Mariners. En 1987 asumió la responsabilidad de Venerable Maestro de su logia madre. Los grados y cargos constituyen referencias importantes, pero solo adquieren su verdadero significado cuando se recuerda lo que implicaban para él: estudio, disciplina, preparación y servicio.

Una memoria excepcional al servicio del ritual

Los hermanos que compartieron trabajos con Pepe conservan un recuerdo especialmente vívido de su capacidad para memorizar los textos ceremoniales. Durante la conversación, uno de ellos evocó haberlo visto seguir en silencio una ceremonia completa: mientras otros oficiales desempeñaban sus funciones, los labios de Pepe se movían anticipando o acompañando cada palabra. La escena impresionó a aquel hermano, entonces menos experimentado, porque mostraba una familiaridad extraordinaria con los distintos oficios.

El propio Pepe nos explicó su método sin misterio: por la noche estudiaba una o dos páginas y, al día siguiente, podía recordarlas. Sostenía que nunca necesitaba acudir con un libro a una reunión; lo estudiaba en casa y llegaba a los trabajos preparado. No se trataba solo de recordar su intervención, sino de conocer las tareas y textos de otros oficiales. Ya como aprendiz, según explicó, acudía a reuniones de instrucción y aprendía partes correspondientes a oficios que todavía no desempeñaba.

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Ese dominio se extendió, en su recuerdo, a ceremonias de distintos grados, instalaciones, aperturas y cierres. En la conversación se evocó incluso la caja de cerillas de plata vinculada a la Emulation Lodge of Improvement, asociada al reconocimiento del trabajo ritual realizado de memoria. Pepe cree haber tenido una, aunque no recuerda qué fue de ella.

Hoy observa con naturalidad el contraste entre aquella memoria formidable y las dificultades para recuperar algunos detalles de su pasado. Precisamente por eso merece ser conservado su testimonio: no para exigirle fechas o nombres que ya no puede recordar con certeza, sino para reconocer el valor de una vida construida en torno a aprender, prepararse y transmitir.

El proyecto de Saint George nº 38: un puente entre Inglaterra y España

Una parte esencial de esa trayectoria se escribió en España, durante la consolidación de la masonería regular española. En una reunión de la Gran Logia de España celebrada en Madrid, Pepe conoció al entonces Gran Maestro, el Muy Respetable Hermano Lluís Salat. Recordó que, después de los trabajos, Salat acudió a hablar con él y ambos dedicaron largo tiempo a intercambiar impresiones sobre la masonería inglesa. En aquella conversación surgió la idea de crear en España una logia que trabajara en inglés y cultivara la tradición ritual que Pepe conocía.

La iniciativa tomó forma junto a Eric O’Hara y otros hermanos, varios de ellos británicos. La Respetable Logia Saint George n.º 38 fue consagrada en Barcelona el 20 de septiembre de 1988, bajo los auspicios de la Gran Logia de España. El nombre rendía homenaje a Sant Jordi n.º 2 de Girona, pionera en la práctica del ritual de Emulación en España, y expresaba simbólicamente el vínculo entre San Jorge, patrón de Inglaterra, y Sant Jordi, patrón de Cataluña.

La documentación biográfica presenta a José Ortiz como uno de los fundadores y como segundo Venerable Maestro de Saint George, al suceder en 1989 a Eric O’Hara. Durante la conversación, al evocar aquellos comienzos.

Aquel proyecto fue, desde el principio, más que una transferencia de rituales. Unía hermanos de procedencias diversas y ofrecía un lugar de encuentro entre dos tradiciones masónicas. La lengua inglesa y la práctica de Emulación eran rasgos distintivos, pero la supervivencia de la logia dependía de una realidad mucho más concreta: personas dispuestas a dedicar tiempo, dinero y esfuerzo a mantener sus trabajos y difundir el Arte Real.

La fundación y los primeros años de la Respetable Logia Saint George n.º 38 constituyen también un extraordinario ejemplo de compromiso y generosidad masónica. En aquella etapa, los hermanos británicos se desplazaban expresamente desde Inglaterra para participar en las tenidas, abrir y desarrollar los trabajos de la logia y, posteriormente, continuar con los del Arco Real, aprovechando así cada viaje. Aquellos desplazamientos suponían un importante esfuerzo económico, personal y de dedicación de tiempo, asumido voluntariamente por hermanos que compartían el propósito de consolidar en España una masonería fiel a la tradición ritual británica. Su entrega, entre la que destaca la de hermanos fundadores como Eric O’Hara y José Ortiz Cerdán, constituye un testimonio de fraternidad puesta al servicio de un proyecto común.

Ese espíritu fundacional continúa vivo en Saint George n.º 38, que ha sabido preservar su singular identidad británica a lo largo de las décadas. La logia mantiene el inglés como una de sus lenguas oficiales y conserva la tradición de realizar en este idioma la apertura y el cierre de los trabajos en los tres grados simbólicos. Asimismo, cuando las circunstancias del candidato lo requieren, las ceremonias de los diferentes grados, o parte de ellas, se desarrollan también en inglés. Esta continuidad representa mucho más que la conservación de una particularidad lingüística o ceremonial: constituye un vínculo vivo con sus fundadores, una expresión de respeto hacia la herencia recibida y la voluntad de mantener, generación tras generación, aquel puente fraternal entre la masonería inglesa y la española que José Ortiz Cerdán y sus hermanos contribuyeron a construir.

Los viajes, las dificultades y la ayuda mutua

Durante los primeros años, varios oficiales viajaban desde Inglaterra hasta Barcelona para celebrar las tenidas, en ocasiones hasta cuatro veces al año. Pepe recordó el coste que suponía desplazarse en avión o en coche, y cómo no todos los hermanos podían afrontar indefinidamente esos gastos. En ocasiones, explicó, era preciso ayudar a quien disponía apenas de lo necesario para sí mismo. La fraternidad no era entonces una expresión ceremonial, sino una manera práctica de sostener un proyecto común.

Con el tiempo, algunos hermanos ingleses dejaron de poder desplazarse con regularidad. La logia atravesó una etapa de menor número de miembros y menor actividad. Preguntado expresamente si Saint George había llegado a cerrar, Pepe respondió que no: continuaron siendo unos pocos y, gracias al apoyo de hermanos españoles, pudieron seguir adelante. Su memoria de aquellos años se articula alrededor de una idea muy precisa: cuando unos no podían llegar, otros contribuían a que los trabajos continuaran.

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Esa continuidad permitió que el proyecto dejase de depender exclusivamente de quienes venían desde Inglaterra y contara cada vez más con hermanos residentes en España. No fue una historia lineal ni exenta de dificultades, sino un ejercicio de constancia. La logia conservó su identidad al tiempo que incorporó nuevas personas, fortaleciendo la dimensión verdaderamente fraternal de aquel puente entre países. Su contribución se extendió asimismo al Arco Real, mediante su participación en el establecimiento del Capítulo Saint George n.º 9.

Los reconocimientos y el sentido del deber

La Gran Logia de España reconoció su dedicación mediante distintas dignidades. En 1990, durante el mandato del Gran Maestro Lluís Salat, fue nombrado Pasado Gran Experto. En 2005, bajo la Gran Maestría de Josep Corominas i Busquets, recibió el rango de Pasado Gran Segundo Vigilante. Estas distinciones dan medida de una trayectoria de servicio mantenida durante décadas a ambos lados del canal de la Mancha.

Sin embargo, cuando la conversación se acercó al balance personal, los honores no ocuparon el centro de sus preocupaciones. No quiso convertir el pasado en un inventario de méritos. Sus reflexiones regresaban continuamente a la capacidad de ofrecer ayuda, a la obligación de cumplir con los demás y a la necesidad de comprender bien por qué una persona desea entrar en la masonería.

Un hombre de corazón: dar antes que recibir

En este punto la conversación adquirió su mayor fuerza. Pepe expresó sus reservas ante quienes se acercan a la masonería por simple curiosidad, con la expectativa de encontrar ventajas, contactos, privilegios o algún beneficio personal. Para él, ese no era el propósito de pertenecer a la Orden. Lo importante era tener una motivación sincera, llevar dentro la disposición a trabajar y comprender que formar parte de una logia supone también una responsabilidad hacia los demás.

La conversación con Pepe, se desarrolla a medida que insiste en que un masón debe serlo «de verdad», sin entrar «por interés»;sintetizando esa actitud con una palabra: generosidad. La idea es inequívoca, Pepe entiende la masonería como una oportunidad para aprender y para dar, no como un medio de adquirir bienes materiales o alcanzar privilegios.

Cuando se le preguntó qué legado deseaba transmitir a los jóvenes masones, aparecieron la humildad y el corazón como cualidades esenciales. Su pensamiento no se desarrolló como un discurso preparado: avanzaba mediante frases breves, preguntas de quienes le acompañaban y recuerdos que iban surgiendo. Pero ese modo sencillo de hablar reforzaba la autenticidad del mensaje. Un hombre de corazón es, en la imagen que deja su conversación, aquel que no se sitúa por encima de los demás, no se pregunta qué puede obtener y procura ser útil allí donde hace falta.

En una de las afirmaciones más claras de la conversación, Pepe recordó que no basta con ser bueno con los masones: también hay que serlo con quienes no lo son. La fraternidad, por tanto, no es una forma de preferencia exclusiva entre miembros de una institución. Es una actitud que debe extenderse a otras personas, al entorno cotidiano y a cualquiera que necesite ayuda. Tampoco se reduce a pensar en uno mismo: exige atender a los demás y reconocer sus necesidades.

Estas convicciones responden, en esencia, a las preguntas que habían permanecido en el; sobre lo aprendido en Inglaterra, el significado de ser hermano y el consejo que daría a los recién iniciados: aprender con humildad, trabajar con perseverancia y compartir con generosidad lo recibido.

La fraternidad que permanece

Hoy, establecido en Malgrat de Mar, José Ortiz mantiene sus lazos con Saint George n.º 38. Su avanzada edad y sus dificultades de movilidad han limitado su presencia en las actividades habituales de la logia. Pero la vida fraternal no termina cuando ya no se puede acudir al templo. Los hermanos de Saint George le visitan, le acompañan y procuran ayudarle en sus necesidades, manteniendo viva una relación forjada a lo largo de muchos años.

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La dimensión humana de esta historia resulta especialmente significativa. Aquel hombre que dedicó tiempo y energías a construir y sostener una logia recibe hoy el afecto y el apoyo de los hermanos que continúan su obra. Hay en esas visitas, en la compañía y en la ayuda concreta una reciprocidad que no necesita proclamarse: es la continuidad natural de una comunidad fundada en el compromiso mutuo.

La francmasonería afirma que la fraternidad es uno de sus valores esenciales. La experiencia de Pepe permite reconocerla fuera de las palabras solemnes, en gestos cotidianos: estar cerca de quien ya no puede desplazarse fácilmente, escuchar a quien guarda una memoria valiosa, atender a una necesidad y no dejar que un hermano se sienta olvidado. Es también una forma de transmitir a las generaciones más jóvenes que el trabajo masónico se prolonga más allá de la ceremonia y de los cargos.

José Ortiz Cerdán ayudó a tender un puente entre la masonería inglesa y la española. Su conocimiento ritual, su constancia y sus responsabilidades forman parte de ese legado. Pero quizá su enseñanza más perdurable esté contenida en la misma convicción que expresa al recordar su camino: entrar para aprender, permanecer para servir y vivir la fraternidad sin esperar recompensas.

Pero quizá el testimonio más profundo del legado masónico de José Ortiz Cerdán no se encuentre en los cargos que desempeñó, en las distinciones que recibió ni siquiera en su decisiva contribución a la historia de Saint George n.º 38, sino en la fraternidad que hoy continúa rodeándolo. A su avanzada edad, cuando los años han limitado su movilidad y las dificultades propias de esta etapa de la vida hacen más complejas algunas tareas cotidianas, son sus hermanos de Saint George quienes procuran estar a su lado. Lo visitan, le hacen compañía, lo ayudan con las compras, con gestiones administrativas o con aquellas necesidades prácticas en las que pueden ofrecerle apoyo. Son gestos aparentemente sencillos, alejados de la solemnidad de los templos y de las ceremonias, pero que expresan con extraordinaria claridad el verdadero sentido de la fraternidad masónica. Porque aquello que aprendemos en logia, que proclamamos en nuestros rituales y que nos comprometemos a practicar como masones no puede quedar reducido a palabras, símbolos o enseñanzas teóricas: debe encontrar su expresión en nuestra conducta y, muy especialmente, en la manera en que tratamos a quienes necesitan nuestra ayuda.

Hay una hermosa reciprocidad en esta historia. Pepe, que durante tantos años entregó su tiempo, sus conocimientos y sus esfuerzos al servicio de la masonería y de sus hermanos, encuentra hoy en ellos el afecto y la solidaridad que contribuyó a cultivar. Y sus hermanos, al acompañarlo y atenderlo, no hacen otra cosa que dar vida a los principios que él mismo ayudó a transmitir. La fraternidad se convierte así en algo tangible: una visita, una conversación, una compra realizada, una gestión resuelta o, simplemente, el tiempo compartido para que un hermano no se sienta solo ni olvidado. Es en estos actos discretos, realizados sin buscar reconocimiento ni recompensa, donde la masonería revela una de sus dimensiones más auténticas. Saint George n.º 38 demuestra que una logia no es únicamente una comunidad de hombres que se reúne para trabajar ritualmente, sino una unión fraternal cuyos vínculos permanecen más allá del templo, de los cargos y de los años. Porque el valor de una fraternidad no se mide solamente por lo que sus miembros son capaces de construir juntos, sino también por cómo cuidan de aquellos que, después de haber dedicado su vida a esa construcción, necesitan ahora el apoyo de los demás. Y quizá no exista mejor homenaje para José Ortiz Cerdán que comprobar que aquello en lo que creyó, aquello que enseñó y aquello por lo que trabajó durante toda su vida sigue vivo, convertido en el afecto y los cuidados de sus propios hermanos.

Porque la fraternidad no consiste solamente en llamarnos hermanos, sino en saber comportarnos como tales cuando más importa.

Albert Carerach i Trias – Octubre 2026