De la fundación de la Logia Fidelísima en 1886 a la recuperación de una tradición histórica con Fidelísima-Amor n.º 199, la masonería ha acompañado, de forma discreta pero significativa, algunos de los grandes cambios vividos por la ciudad durante el último siglo y medio.

El 4 de abril de 1886, ocho ciudadanos de Elda tomaron una decisión que, vista desde la distancia de 140 años, permite asomarse a una faceta poco conocida de la historia de la ciudad. Aquel día constituyeron la Logia Fidelísima n.º 335, integrada en el Gran Oriente de España, y abrieron así el primer capítulo documentado de la presencia masónica en Elda.

No fue un episodio aislado. Ocurrió precisamente cuando la antigua villa agrícola comenzaba a transformarse en una ciudad industrial. El calzado estaba modificando su economía, su estructura social y hasta su fisonomía urbana; nacían nuevas fábricas, crecía una burguesía vinculada a la industria y se multiplicaban los espacios de sociabilidad, debate y cultura. Aquel cambio económico tendría consecuencias profundas: hacia 1895 comenzaron a aparecer las primeras fábricas mecanizadas de calzado y, en 1904, Alfonso XIII concedería a Elda el título de ciudad. En ese mismo escenario de modernización apareció la masonería.

Su historia eldense atravesaría después distintas épocas y generaciones: la Logia Fidelísima entre 1886 y 1904; la Logia Amor n.º 9 entre 1927 y 1939; un largo silencio impuesto por la dictadura; y, finalmente, la recuperación de aquella memoria con la consagración, en noviembre de 2025, de la Logia Fidelísima-Amor n.º 199 de la Gran Logia de España.

No existe una continuidad institucional ininterrumpida entre aquellos talleres y el actual. Sí existe, sin embargo, un hilo histórico y simbólico que une sus nombres, algunos de sus valores y, en determinados casos, incluso a los descendientes de quienes protagonizaron aquella primera historia.

1886: ocho hombres y una ciudad que comenzaba a cambiar

La Logia Fidelísima n.º 335 quedó constituida el 4 de abril de 1886 por ocho eldenses. Eran cuatro propietarios, dos industriales, un comerciante y un médico: representantes, en buena medida, de aquella burguesía local que empezaba a desempeñar un papel creciente en la transformación económica y social de Elda.

Sus nombres han llegado hasta nosotros: Pablo Guarinos Guarinos, Juan José Jebrer Samper, José Linares Amat, Miguel Vidal, Blas Vera, Rafael Romero Utrilles, Antonio Porta y Gaspar Pérez. Como era habitual en la masonería, utilizaban además nombres simbólicos: Abraham, Plutón, César, Hipócrates, Cicerón, Pierrod, Prim y Castelar. Pablo Guarinos fue el primer Venerable Maestro de aquel taller.

No eran personajes ajenos a la vida cotidiana de la población. Juan José Jebrer Samper llegó a ser alcalde de Elda durante la Restauración; Pablo Guarinos desempeñó el cargo de secretario del Ayuntamiento, y varios de aquellos apellidos aparecen posteriormente vinculados al desarrollo económico de la ciudad. Rafael Romero Utrilles, en particular, figura entre los pioneros de la industria eldense del calzado.

La coincidencia histórica resulta reveladora. Mientras la fabricación artesanal de zapatos comenzaba a transformarse en una verdadera industria, también aparecían nuevas formas de asociación y sociabilidad. La ciudad se abría progresivamente a las ideas, a los intercambios comerciales y a una sociedad más compleja. Las logias constituían uno de esos espacios.

En ellas se encontraban personas de distintas profesiones y sensibilidades que compartían un lenguaje simbólico y una determinada concepción del individuo: la idea de que el ser humano puede trabajar sobre sí mismo, perfeccionarse moralmente y contribuir, desde esa transformación personal, a una sociedad más tolerante y fraternal.

Todavía hoy, la Gran Logia de España define la francmasonería como una tradición iniciática basada en un método ritual y simbólico orientado al perfeccionamiento del individuo, y sitúa entre sus valores la responsabilidad personal, la rectitud, la tolerancia, la fraternidad y la mejora moral.

Ese ideal adquiría, a finales del siglo XIX, una particular resonancia en una sociedad que estaba dejando atrás estructuras tradicionales y descubriendo nuevas formas de participación pública.

Una red que iba mucho más allá de Elda

Fidelísima tampoco nació encerrada sobre sí misma. El mismo 4 de abril de 1886, sus fundadores remitieron una carta de salutación a los miembros de la Logia Constante Alona de Alicante. Aquel gesto, aparentemente protocolario, permite comprender una característica esencial de la masonería: cada logia posee una identidad propia, pero forma parte de una red más amplia de relaciones fraternales.

Constante Alona era entonces una referencia importante de la masonería alicantina. En aquel mismo año de 1886 llegó a contar con 143 miembros activos y desplegaba una intensa actividad social y cultural en la provincia.

Para los ocho fundadores eldenses, aquella carta significaba por tanto algo más que un saludo. Situaba a Fidelísima dentro de una geografía masónica provincial y nacional que trascendía las dimensiones de una población que todavía estaba construyendo su identidad como ciudad moderna.

La primera etapa de la Logia Fidelísima se prolongó hasta 1904. Curiosamente, el mismo año en que finaliza la actividad documentada de aquel taller coincide con uno de los grandes hitos institucionales de la Elda contemporánea: la concesión del título de ciudad. La masonería desaparecería temporalmente de la vida local, pero no definitivamente.

1927: vuelve a levantarse columnas

Hubo que esperar algo más de dos décadas. El 5 de octubre de 1927 se constituyó oficialmente en Elda la Logia Amor n.º 9, dependiente de la Gran Logia Simbólica Regional del Levante de España e integrada en el Gran Oriente Español. La documentación archivística sitúa su nacimiento bajo el impulso de la Logia Numancia n.º 3 de Alicante. Su primer Venerable Maestro fue José Tomás Sánchez, que utilizaba el nombre simbólico de Pestalozzi.

La nueva logia nació en una España muy distinta a la de 1886, pero igualmente sometida a profundas transformaciones. Eran los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera. Poco después llegarían la proclamación de la Segunda República, en 1931; una extraordinaria movilización política y social; y, finalmente, la Guerra Civil.

Amor n.º 9 alcanzó una dimensión considerable para una ciudad como Elda. En octubre de 1930 contaba con 49 miembros activos y, a lo largo de sus doce años de existencia, pasaron por sus columnas al menos 67 masones. Su influencia masónica desbordó además el término municipal: miembros vinculados al taller eldense participaron en la formación de un núcleo que terminaría dando lugar a la Logia Paz y Amor de Almansa.

Aquellas cifras permiten alejarse de una imagen de la masonería como una presencia meramente testimonial. Amor constituía un verdadero espacio de sociabilidad en la Elda de la época.

De la fraternidad a la persecución

La Guerra Civil alteró radicalmente aquel escenario. La actividad de Amor n.º 9 llegó hasta 1939. Con la victoria franquista, la masonería desapareció de la vida pública española y sus miembros quedaron expuestos a un sistema específico de persecución política y judicial.

La represión no se limitó a la desaparición de las logias. Ya durante la guerra, el bando sublevado había establecido medidas específicas contra la masonería. Después, la Ley de 1 de marzo de 1940 sobre Represión de la Masonería y el Comunismo creó un marco jurídico destinado expresamente a perseguir a quienes hubieran pertenecido a organizaciones masónicas. La propia dictadura creó el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, que funcionó durante más de dos décadas. La documentación incautada a las logias fue utilizada para investigar y procesar a antiguos miembros.

En Elda, como en tantos otros lugares de España, aquello significó algo más que el cierre de un local. Desaparecieron rituales y reuniones; se dispersaron documentos y objetos; los nombres de muchos masones dejaron de pronunciarse públicamente y una parte de la historia de la ciudad quedó confinada durante décadas a archivos familiares, expedientes administrativos y fondos documentales.

La memoria de Fidelísima y Amor sobrevivió, paradójicamente, en buena medida gracias a esos documentos. En 1987, la revista eldense Alborada publicó el trabajo de María del Corpus Requena Sáez La Masonería en Elda, una de las primeras investigaciones destinadas a rescatar documentalmente la existencia de las dos logias históricas de la ciudad a partir, entre otras fuentes, de fondos conservados en Salamanca.

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Una foto tomada con varios eldenses en la puerta de la redacción del semanario «Idella», ubicada en la calle San José; en la planta superior del mismo inmueble se encontraba la sede de la logia Amor n.º 9.

Recuperar una memoria, no reconstruir el pasado

Parte de los asistentes a la consagración de la R.L.S. Fidelísima-Amor n.º 199 se reunieron ese día en torno a la base del monumento a Emilio Castelar en la plaza del mismo nombre en Elda.

Más de ocho décadas después de la desaparición de Amor n.º 9, la masonería volvió a disponer de una logia en Elda. El 22 de noviembre de 2025 fue consagrada Fidelísima-Amor n.º 199, perteneciente a la Gran Logia de España bajo la jurisdicción de la Gran Logia Provincial de Valencia. Su nombre reúne deliberadamente los títulos de los dos talleres históricos: Fidelísima y Amor.

No pretende establecer una continuidad jurídica inexistente desde 1886. Su significado es otro: recuperar una tradición, reconocer a quienes la protagonizaron y establecer un puente entre la memoria histórica de aquellas logias y una masonería del siglo XXI. Ese matiz resulta esencial.

Recuperar el pasado no significa reproducirlo. La Elda de 2026 poco tiene que ver con aquella ciudad que comenzaba a levantar fábricas junto al Vinalopó o con la que vivió las tensiones políticas de los años treinta. Pero algunas preguntas permanecen: ¿qué responsabilidad tiene el individuo ante la sociedad?, ¿cómo convivir desde la diferencia?, ¿qué valor poseen la palabra dada, la tolerancia, el conocimiento o la fraternidad? Son cuestiones antiguas que cada generación debe volver a formular.

La presencia entre los actuales integrantes de Fidelísima-Amor de descendientes de masones de aquellos primeros talleres añade, además, una dimensión personal a esa recuperación. La historia deja entonces de ser únicamente una sucesión de fechas para convertirse también en memoria familiar.

Un templo que también quiere ser archivo

La sede actual de Fidelísima-Amor se encuentra en el corazón de Elda, próxima al lugar donde estuvo la histórica Logia Amor n.º 9. El espacio refleja la doble voluntad del proyecto: servir al trabajo masónico actual y conservar la memoria de quienes lo precedieron.

Cuenta con dos templos y acoge actividades de distintos cuerpos masónicos. Junto a los espacios rituales existen un salón de inspiración inglesa y una zona de Pasos Perdidos que reúne una colección de piezas relacionadas con la historia de la masonería española e internacional. La documentación de la Gran Logia Provincial de Valencia confirma asimismo que la sede alberga trabajos vinculados a otros cuerpos masónicos, entre ellos el Arco Real y la Marca.

A ello se suman una biblioteca y un archivo que aspiran a convertirse en instrumentos para estudiar y preservar la memoria masónica local. Ese componente resulta especialmente relevante porque buena parte del desconocimiento que todavía rodea a la masonería española procede precisamente de décadas de ausencia, clandestinidad y mitificación.

Abrir los archivos, identificar documentos, conservar objetos y situar a sus protagonistas dentro de la historia general de la ciudad permite sustituir la leyenda por el conocimiento. Y conocer no exige necesariamente compartir. Significa simplemente aceptar que la historia de una comunidad está formada por muchas voces y que comprenderlas todas ayuda a comprender mejor aquello que esa comunidad ha llegado a ser.

2027: el centenario de Amor

El próximo capítulo llegará pronto. En 2027 se cumplirán cien años de la fundación de la Logia Amor n.º 9. Fidelísima-Amor quiere convertir esa efeméride en algo más que una celebración interna. El objetivo es recuperar esa parte de la memoria colectiva de Elda y compartirla con la sociedad civil mediante actividades culturales, presencia en medios digitales, iniciativas formativas y proyectos de colaboración con instituciones y administraciones públicas.

También está prevista la creación de una identidad gráfica específica para el centenario y la apertura de la sede a determinadas iniciativas que permitan acercar al público la historia de la masonería local, su patrimonio documental y su dimensión cultural. Porque quizá el verdadero significado de un centenario no consista en mirar nostálgicamente hacia atrás. La memoria adquiere sentido cuando sirve para comprender el presente.

Ciento cuarenta años después de que Pablo Guarinos, Juan José Jebrer y otros seis eldenses decidieran fundar la Logia Fidelísima, Elda es una ciudad radicalmente distinta. Las viejas fábricas dieron paso a una industria internacional; cambiaron las instituciones, las costumbres y la sociedad. También cambió España.

Pero algunos símbolos continúan interrogándonos. En la tradición masónica, construir nunca se refiere únicamente a levantar edificios. La piedra que debe trabajarse es, ante todo, una metáfora del propio ser humano: corregir imperfecciones, adquirir conocimiento, aprender a escuchar y hacer posible la convivencia entre quienes piensan de manera diferente.

Tal vez ahí resida el vínculo más profundo entre aquellos masones de 1886, los de Amor n.º 9 y quienes hoy vuelven a reunirse en una logia en Elda. No es pretender que el tiempo no haya pasado, sino precisamente aceptar que cada generación recibe una obra inacabada. Y que le corresponde continuarla.

Alex López  – R.·. L.·. S.·. Fidelísima-Amor n.º 199

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