Jorge Puchades Ibáñez, Poesía y Masonería. Editorial Nous, Colección Al-Gadú, 2012.

En Poesía y Masonería, Jorge Puchades Ibáñez propone un encuentro entre dos territorios que, aunque puedan parecer alejados, comparten una misma vocación: provocar en el ser humano una mirada diferente sobre sí mismo y sobre el mundo. El libro no pretende demostrar que determinados poetas fueran masones ni rastrear influencias masónicas en la historia de la literatura. Su propósito es más sencillo y, al mismo tiempo, más genuinamente iniciático: tomar la poesía como punto de partida para la reflexión personal y convertirla en una herramienta de trabajo masónico.

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El propio autor explica el origen de la obra. Durante su etapa como Venerable Maestro acostumbraba a incluir un poema en las convocatorias de su Logia, escogido en función de los trabajos previstos para la Tenida. El poema era leído antes de la apertura, acompañado de música, con la intención de favorecer el tránsito desde las preocupaciones del mundo profano hacia la disposición interior requerida por los trabajos. Posteriormente, durante el ágape, los hermanos comentaban libremente sus interpretaciones. La experiencia terminó por convertirse en una práctica apreciada en la Logia y dio origen a este volumen. Poesía-y-Masonería

Esta génesis resulta importante para comprender el libro. Poesía y Masonería no nace como un tratado académico, sino como un instrumento para suscitar reflexión. Puchades insiste, además, en que sus comentarios no pretenden fijar interpretaciones ni establecer dogmas: son propuestas destinadas a iniciar un debate para que cada lector encuentre su propio significado. Poesía-y-Masonería Esa declaración de intenciones constituye, posiblemente, una de las claves más interesantes de toda la obra.

La estructura sigue los tres grados de la Masonería simbólica —Aprendiz, Compañero y Maestro— y concluye con un apartado titulado significativamente «Y más…». Poesía-y-Masonería Cada sección reúne poemas de autores diversos, seguidos por una interpretación que los relaciona con problemas propios del camino iniciático. Encontramos así a Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, Jorge Guillén, Góngora, Lope de Vega, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Rubén Darío, Jorge Manrique, José Selgas y, muy especialmente, León Felipe.

El procedimiento es deliberadamente sencillo: primero habla el poeta; después, el autor establece un diálogo entre sus versos y la experiencia masónica. De este modo, el conocido «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar» de Machado deja de ser únicamente una reflexión poética sobre la existencia para convertirse en imagen del aprendizaje iniciático: el camino no está previamente trazado, sino que se construye con cada conocimiento adquirido y con cada experiencia vivida. El masón no recibe una ruta terminada; debe recorrerla y, al hacerlo, construirla.

En el Primer Grado, la atención se centra en el aprendizaje, la conciencia, la humildad, la educación, la búsqueda de la verdad y las virtudes. El Aprendiz aparece como quien acaba de emprender un camino cuyo término nunca llegará realmente a alcanzar, porque cada conocimiento abre nuevas preguntas. El autor vincula este proceso con Prudencia, Templanza, Fuerza y Justicia, junto con la Benevolencia y la Caridad. Poesía-y-Masonería La imagen recurrente es, por tanto, la del viaje: aprender significa caminar.

En el Segundo Grado se produce un desplazamiento fundamental: saber ya no basta; es necesario poner en práctica lo aprendido. Moralidad, verdad y virtud deben traducirse en conducta, equidad, justicia y rectitud. El Compañero comienza además a convertirse en referencia para otros, de modo que el conocimiento adquirido implica responsabilidad. Poesía-y-Masonería Aquí adquieren especial interés poemas como «Los ratones», de Lope de Vega, utilizado para plantear la distancia entre las soluciones teóricas y su ejecución práctica, o «Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas», de Juan Ramón Jiménez, desde el que Puchades reflexiona sobre el conocimiento de la esencia que se esconde detrás de las apariencias.

El Tercer Grado introduce inevitablemente la muerte. Pero no lo hace desde una perspectiva sombría, sino como conciencia del límite que obliga a otorgar sentido al tiempo disponible. Para el autor, el Maestro sabe que morir es inevitable y precisamente por eso debe vivir con mayor plenitud y rectitud. El Maestro es presentado finalmente como un peregrino del conocimiento que, después de haber aprendido a aprender, descubre que sigue siendo un eterno aprendiz. Poesía-y-Masonería Esta aparente paradoja constituye probablemente la idea central del libro: la Maestría no representa la culminación del conocimiento, sino la adquisición de la capacidad y de la humildad necesarias para continuar buscándolo.

Es especialmente sugerente, en este sentido, el capítulo «Y más…». La expresión que acompaña simbólicamente a la edad del Maestro se interpreta como signo de una progresión que carece de término. El Maestro no es quien ha llegado, sino quien finalmente está preparado para caminar. Desde esa perspectiva, Aprendiz, Compañero y Maestro no describen solamente grados, sino tres momentos del aprendizaje: comenzar a aprender, aprender cómo se aprende y, finalmente, asumir conscientemente que el conocimiento constituye una búsqueda permanente.

La parte final del libro adquiere un tono marcadamente espiritual y metafísico. A partir del «Credo» de León Felipe, Puchades reflexiona sobre alma, muerte, reencarnación, Psique, Soma y Nous, llegando incluso a recurrir a analogías informáticas para explicar esos conceptos. Aquí el lector debe recordar la advertencia inicial del propio autor: estamos ante interpretaciones personales, no ante doctrina masónica. Precisamente esa libertad interpretativa permite que estos pasajes puedan aceptarse, discutirse o rechazarse sin alterar la propuesta esencial del libro.

Quizá ahí resida el mayor mérito de Poesía y Masonería. No importa tanto coincidir con cada una de las explicaciones de Puchades como aceptar su invitación a leer simbólicamente. El poema funciona del mismo modo que el símbolo: no impone una única respuesta, sino que abre posibilidades de interpretación. Dos lectores pueden detenerse ante los mismos versos y descubrir enseñanzas diferentes porque también son diferentes sus experiencias, sus preguntas y el punto del camino en que se encuentran.

Por eso este pequeño volumen puede resultar especialmente útil en una Logia. No como manual doctrinal ni como explicación definitiva del simbolismo, sino como estímulo para recuperar una dimensión esencial del trabajo masónico: detenerse, escuchar, interpretar y compartir. Frente a la tentación de convertir la vida de la Orden exclusivamente en estructura, administración o sociabilidad, Puchades reivindica indirectamente el valor de esos instantes en los que una palabra, un verso o una imagen obligan al iniciado a regresar a sí mismo. Su mensaje último resulta coherente con todo el itinerario propuesto: la Luz no se entrega terminada; cada uno debe aprender a reconocerla en su propio camino.

Albert Carerach i Trias – Octubre 2026