Cuando evocamos nuestros primeros pasos en la Masonería, seguramente muchos de nosotros recordamos aquella mezcla de curiosidad, ilusión e incertidumbre con la que entramos por primera vez en una Logia. Todo era nuevo: los símbolos, las palabras, los silencios y unas enseñanzas cuyo significado comenzábamos a descubrir, poco a poco, a medida que avanzábamos en nuestro camino.

Con el transcurso de los años adquirimos conocimientos, acumulamos experiencias y asumimos nuevas responsabilidades. Aprendemos de nuestros Hermanos, de nuestros rituales y de cuanto acontece dentro y fuera de nuestros Templos. Sin embargo, hay una verdad que nunca deberíamos olvidar: por mucho que avancemos en nuestro recorrido masónico, nunca dejamos de ser aprendices.

Y quizá esta sea una de las enseñanzas más profundas que nos ofrece la Masonería.

Nuestra Orden no pretende proporcionarnos respuestas definitivas a todas las preguntas. Nos invita, por el contrario, a reflexionar, a cuestionarnos nuestras propias certezas y a profundizar en el conocimiento de nosotros mismos. Nos recuerda que siempre existe algo que podemos mejorar, una enseñanza que todavía no hemos comprendido plenamente o una perspectiva diferente que merece ser escuchada.

Hace muchos años elegí como nombre simbólico «Eterno Aprendiz». En aquel momento difícilmente podía imaginar hasta qué punto aquellas dos palabras llegarían a acompañarme a lo largo de mi trayectoria masónica. Hoy, después de los años transcurridos y de tantas experiencias vividas, sigo convencido de que no podría haber elegido otro nombre que expresara mejor mi manera de entender la Masonería.

Porque, cuanto más avanzamos en nuestro camino, más conscientes deberíamos ser de todo cuanto nos queda por aprender.

En ocasiones, los años de pertenencia a la Orden, la experiencia acumulada o las responsabilidades asumidas pueden llevarnos a creer que conocemos suficientemente la Masonería y sus enseñanzas. Sin embargo, basta una conversación con un Hermano, una reflexión compartida durante una Tenida o una interpretación diferente de un símbolo para descubrir nuevos matices en aquello que creíamos comprender perfectamente.

A lo largo de mi vida masónica he tenido el privilegio de conocer a Hermanos con una dilatada trayectoria que conservan intactas la curiosidad y la ilusión de sus primeros días. Hermanos que saben escuchar, que no temen preguntar, que comparten generosamente sus conocimientos sin pretender imponerlos y que mantienen viva la voluntad de seguir aprendiendo.

Esa actitud constituye, a mi entender, una de las mejores expresiones de la auténtica madurez masónica.

Porque la experiencia debería enseñarnos a ser más humildes, nunca a sentirnos superiores a los demás.

Los grados, los cargos y las responsabilidades forman parte de nuestra organización y de nuestro recorrido iniciático. Cada uno tiene su significado y su función, pero ninguno de ellos nos convierte, por sí mismo, en mejores masones ni en mejores personas. Lo verdaderamente importante no es cuánto sabemos ni qué responsabilidades hemos llegado a desempeñar, sino cómo somos capaces de transformar aquello que hemos aprendido en nuestra manera de pensar, de actuar y de relacionarnos con los demás.

Y para continuar aprendiendo hay una virtud que considero imprescindible: saber escuchar.

Escuchar al Hermano que lleva cuarenta años trabajando en su Logia, pero también a quien acaba de recibir la Luz. Escuchar a quienes comparten nuestras convicciones y, especialmente, a quienes nos ofrecen una perspectiva distinta. Porque, en ocasiones, una pregunta aparentemente sencilla, formulada desde la mirada limpia y curiosa de un Aprendiz, puede invitarnos a reflexionar con mayor profundidad que muchas explicaciones elaboradas.

Nuestras Logias nos ofrecen, en este sentido, una oportunidad extraordinaria. En ellas convivimos Hermanos de distintas generaciones, profesiones, culturas, sensibilidades y experiencias personales. Cada uno aporta su propia historia, sus conocimientos y su particular manera de comprender el mundo.

Esa diversidad, lejos de representar una dificultad, constituye una de nuestras mayores riquezas. Siempre, naturalmente, que sepamos acercarnos a ella con respeto, humildad y una sincera disposición al diálogo.

La fraternidad no consiste únicamente en compartir unos ideales o reconocernos como miembros de una misma Orden. También implica aceptar que podemos aprender unos de otros, comprender nuestras diferencias y reconocer el valor de las aportaciones de cada Hermano, con independencia de su edad, su antigüedad o el grado que ostente.

En este proceso, la humildad ocupa un lugar fundamental. No como una simple actitud de modestia, sino como la capacidad de reconocer nuestras propias limitaciones y aceptar que nuestro conocimiento siempre será incompleto.

En Masonería nadie lo sabe todo. Y quizá una de las mayores grandezas de nuestra Orden resida precisamente en ofrecernos un espacio donde podamos continuar descubriendo, compartiendo y aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida.

La piedra bruta que comenzamos a trabajar el día de nuestra iniciación nunca llega a estar completamente terminada. Siempre encontramos alguna arista que debemos suavizar, alguna imperfección que corregir o algún aspecto de nosotros mismos que merece una reflexión más profunda.

Ese trabajo, que constituye una de las expresiones esenciales de nuestro compromiso iniciático, exige paciencia, constancia y, sobre todo, honestidad con nosotros mismos.

Porque no siempre resulta sencillo reconocer nuestros errores, revisar nuestras convicciones o aceptar que podemos estar equivocados. Sin embargo, es precisamente en ese ejercicio de autocrítica donde encontramos algunas de las oportunidades más valiosas para nuestro crecimiento personal y masónico.

Por todo ello, creo que nunca deberíamos permitir que el paso de los años apague aquella curiosidad que nos acompañó en nuestros primeros pasos. Ni que la costumbre sustituya a la reflexión, ni que la experiencia nos haga perder la capacidad de sorprendernos ante una enseñanza que creíamos conocida.

La Masonería tiene mucho que ofrecernos, pero también requiere de nosotros una actitud activa y comprometida: la voluntad de continuar aprendiendo, la generosidad de compartir lo que sabemos y la responsabilidad de acompañar a quienes comienzan su propio camino.

No se trata de acumular conocimientos, grados, cargos o reconocimientos. Se trata de que nuestra pertenencia a la Orden tenga un sentido verdadero y contribuya a hacernos más conscientes de nuestras responsabilidades, más respetuosos con los demás y, en definitiva, mejores Hermanos y mejores personas.

Con el tiempo cambian nuestras circunstancias, nuestras responsabilidades e incluso nuestra manera de comprender muchas de las enseñanzas recibidas. Pero hay algo que debería permanecer inalterable: aquella voluntad sincera de aprender y perfeccionarnos con la que iniciamos nuestro recorrido.

Porque ser Aprendiz no es únicamente una etapa de nuestra vida masónica ni un grado que dejamos atrás cuando avanzamos en nuestro camino iniciático.

Ser Aprendiz es, ante todo, una actitud ante la Masonería y ante la vida.

Es conservar la humildad necesaria para reconocer que siempre podemos mejorar. Es mantener viva la curiosidad que nos impulsa a buscar nuevas respuestas. Es saber escuchar antes de juzgar y comprender que el verdadero conocimiento no nos aleja de los demás, sino que debería acercarnos a ellos.

Y quizá, después de muchos años de trabajo, lleguemos a comprender que una de las enseñanzas más valiosas de nuestra Orden es precisamente esa: que el perfeccionamiento personal no constituye una meta que podamos alcanzar definitivamente, sino un compromiso que renovamos a lo largo de toda nuestra existencia.

Porque mientras mantengamos viva la voluntad de aprender, de reflexionar y de trabajar sobre nosotros mismos, seguiremos recorriendo el camino que un día decidimos emprender.

Nunca dejamos de ser aprendices.

Shaun Parsons Herrera – Gran Maestro de la Gran Logia de España