Estimados señores y señoras,
Cada vez que acudo a una Gran Asamblea o a cualquiera de las tenidas de las Logias que visito se repite un ritual hermoso y emocionante. Los Hermanos, puestos en pie, me tributan once saludos que, confieso, me producen una sensación de agradecimiento difícil de trasladar con palabras.
Siempre he tenido claro que no soy yo el agasajado, sino el Gran Maestro. Entender esta circunstancia es una enseñanza que nuestra institución imprime en nuestros corazones desde el primer momento de la iniciación. Somos porque así nos reconocen nuestros Hermanos. Ocupamos un oficio por voluntad de quien nos designa, y mi dignidad me fue conferida por el voto de quienes me eligieron. Por ello, el saludo por once es una suerte de acto colectivo de reafirmación de que la soberanía reside en el Pueblo Masónico, el único titular del poder y a quien nos debemos todos y cada uno, sea cual sea el oficio que desempeñemos en cada momento.
Por esa concepción fraternal del Oficio, indefectiblemente, cuando todos han tomado asiento tras los saludos, me pongo en pie, con toda la humildad y devuelvo a mi vez el saludo a ese Pueblo Masónico al que todos nos debemos.
En mi ciudad natal, la villa de Bilbao, hay una costumbre muy simbólica que se practica de una manera peculiar. En cada acto solemne, un hombre o mujer (al que llamamos dantzari, en euskera) baila a la autoridad una danza de honor denominada Aurresku. Es el Pueblo agasajando a quien es autoridad. Pues bien, al menos una vez al año, es el alcalde quien ofrece el aurresku al Pueblo. Que nadie olvide nunca que el alcalde o la alcaldesa lo es por voluntad popular.
Además de esta primera lección, la Orden nos dice que el poder lo tenemos en depósito y debemos entregarlo puro y sin mácula a nuestro sucesor.
Cuando en la instalación del Venerable Maestro se le confía la Carta Patente, se le explica con unas bellas palabras que se le confía ese preciado objeto para que lo custodie y lo entregue, tal y como lo recibe, a su sucesor.
Y eso es lo que he tenido presente durante tiempo en que he desempeñado mi oficio de Gran Maestro. Lo he ejercido según mi leal saber y entender y siempre buscando el bienestar de nuestra querida Orden y de sus miembros.
No se trata de un trabajo individual. Muy al contrario, es un desempeño colectivo. Por esa razón, en esta despedida, quiero agradecer con todo mi corazón a cuantos han viajado conmigo en esta travesía, haciendo su labor con lo mejor de sus capacidades.
En mi primera alocución como Gran Maestro, hice alusión a este símil, que me es muy cercano. Ser el capitán de una nave que va a surcar las aguas y a la que, con los esfuerzos reunidos de todos mis Hermanos, debo conducir a buen puerto. Honesta, pero humildemente, creo que he cumplido. El navío está firmemente amarrado al muelle y un nuevo capitán se apresta a tomar el timón.
Se trata, como sabéis, de Shaun Parsosns Herrera, un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Un Hermano competente y preparado para levar el ancla y volver a la mar para conducir con sabiduría nuestra Institución y generar felicidad y extenderla como dicen nuestros hermosos rituales.
Comenzaba este editorial refiriéndome a los once saludos. Dedico este undécimo párrafo a dar las gracias a mis Hermanos por este enorme honor que me habéis conferido. Os pido que disculpéis mis errores y que me permitáis volver a mi trabajo callado en mi Logia, donde desempeño el oficio de Tejador con toda mi energía y entrega a una Orden tan noble como la nuestra.
En pie y al Orden de mi Gran Maestro a quien, con emoción, instalaré en unos pocos días.
MRH Txema Oleaga, GM de la GLE
