El 24 de junio de 2026 marca un punto de inflexión en la vida de la Masonería Regular Venezolana. Ese día, precisamente cuando conmemorábamos 202 años de nuestra fundación, la fuerza de la naturaleza nos puso a prueba con sismos devastadores. La tierra se estremeció bajo nuestros pies y, por unos instantes, nos recordó la fragilidad de toda construcción humana. Sin embargo, en medio del caos, de la incertidumbre y del dolor de tantas familias, la belleza y el poder de la Masonería Universal se manifestaron con un resplandor sin igual.
La Muy Respetable Gran Logia de España acudió prestamente a nuestro llamado de auxilio, erigiéndose ante nosotros como la más hermosa alegoría de aquello que durante siglos hemos llamado fraternidad: un puente inmaterial donde el amor fraternal cruza los océanos, desconoce las fronteras y convierte la distancia en cercanía para sostener a un pueblo herido.
Quiero resaltar profundamente a la Gran Logia de España, pues gracias a esa mano solidaria pudimos ampliar exponencialmente nuestra capacidad logística, logrando multiplicar y movilizar esas inmensas cantidades de ayuda que bajamos directamente a nuestro pueblo en el estado de La Guaira. Su solidaridad no fue para nosotros una simple manifestación protocolar entre instituciones hermanas. Fue acción. Fue presencia. Fue fraternidad convertida en alimento, medicina, herramientas, abrigo y esperanza.
La propia tradición institucional de la Gran Logia de España entiende la beneficencia y la solidaridad como pilares fundamentales de la Fraternidad Masónica, extendiendo ese deber de auxilio no solamente a los Hermanos y sus familias, sino también a quienes padecen necesidad. Y entre nuestras dos Grandes Logias existen desde hace décadas lazos formales de reconocimiento y amistad masónica. Aquellos vínculos, que algunos pudieran contemplar únicamente como relaciones entre obediencias, demostraron en Venezuela su verdadera dimensión: cuando llega la adversidad, el reconocimiento deja de ser tinta sobre un documento para transformarse en una cadena fraternal de hombres dispuestos a socorrerse.
Porque esa es, precisamente, una de las grandezas de la Masonería Universal. Cada Gran Logia custodia soberanamente su territorio, sus leyes, sus usos y sus tradiciones, pero ninguna frontera puede convertirnos en extraños cuando un Hermano o un pueblo necesitan una mano. La solidaridad entre obediencias no disminuye nuestra soberanía: la engrandece. No confunde nuestras identidades: las hermana. No uniforma nuestras diferencias: las coloca al servicio de un ideal superior. Una obediencia tiende la mano y otra la recibe; mañana puede invertirse el sentido del auxilio, pero jamás cambia la esencia del vínculo.
Mucho antes de que la tierra temblara, en Venezuela habíamos comprendido que era imperativo transitar de una fraternidad puramente retórica a una fraternidad plenamente operativa. Comprendimos que no bastaba con hablar de amor fraternal dentro de nuestros templos si ese amor no era capaz de atravesar sus puertas. Que las palabras, por muy hermosas que fueran, debían tener manos, piernas, organización y capacidad para llegar allí donde fueran necesarias.
Como respuesta a los inmensos desafíos de nuestro país y como cimiento de esta transformación, forjamos el Proyecto Nacional Visión 20/20. Esta hoja de ruta no fue concebida como un refugio teórico para unos pocos, ni como un documento destinado a dormir en nuestros archivos. Fue concebida como el motor estratégico para volcar nuestras luces al mundo profano, fortalecer nuestras columnas y abrazar a toda la Masonería Venezolana.
Bajo esta visión alcanzamos los logros que hoy sostienen nuestra estructura: actualizamos nuestro marco jurídico, dotando a la institución de una legalidad acorde con los tiempos; modernizamos tecnológicamente nuestra obediencia con plataformas pioneras como S.O.S GLRV; fortalecimos nuestros mecanismos de comunicación, coordinación y respuesta; y le devolvimos la majestuosidad a nuestro histórico Gran Templo Masónico Nacional.
Pero el triunfo más trascendental no se edificó con piedra física, sino con piedra moral.
Reorientamos la filantropía hacia una acción de alto impacto estableciendo, mediante los Comités Gran Familia Masónica, la integración de nuestras esposas, hijos y abuelos como el brazo humanitario activo en nuestras 197 logias. La Familia Masónica dejó así de contemplar la obra desde la periferia para convertirse en protagonista de ella, multiplicando nuestra capacidad de servir y recordándonos que el amor fraternal no termina donde concluye una Tenida: allí precisamente comienza su prueba ante la sociedad.
Resultó providencial que, después de haber afianzado esta estructura, llegara el momento de ponerla a prueba. Los sismos nos obligaron a pasar, sin transición, de la planificación a la acción. Allí descubrimos que cada protocolo, cada plataforma, cada Comité y cada relación internacional construida durante años constituían piezas de una misma arquitectura.
Apoyados en el inmenso auxilio internacional y en la movilización de nuestros propios Hermanos y familias, logramos mover en tiempo récord más de 30 toneladas de alimentos y más de 12.000 unidades de medicinas. Para el 23 de julio, los balances públicos ya reflejaban aproximadamente 61 toneladas de capacidad logística y humanitaria, una red de 130 voluntarios coordinados mediante 62 logias y centenares de apoyos destinados al abrigo y refugio. En ese mismo balance se reconoció expresamente la solidaridad de las Grandes Logias y organizaciones masónicas del mundo, entre ellas la Gran Logia Unida de Inglaterra, la Gran Logia de España y distintas organizaciones interamericanas y latinoamericanas.
Lo verdaderamente extraordinario no fueron solamente las cifras. Fueron los rostros. Fueron nuestros Hermanos cargando cajas. Nuestras familias clasificando medicamentos. Nuestros voluntarios atravesando caminos. Fueron hombres y mujeres convirtiendo horas de cansancio en toneladas de esperanza.
Esta visión de una Masonería Venezolana capaz de influir positivamente en la vida del país es hoy una realidad latente en las calles, donde actuamos como escudo protector de la sociedad civil. Ya a esta fecha son más de 100 toneladas de ayuda entre suministros, alimentos, medicinas, ropa, calzado, herramientas y mucho más. Pero detrás de cada kilogramo existe algo que ninguna balanza puede pesar: la voluntad de servir.
Por eso sostengo que lo ocurrido en Venezuela tras aquellos sismos no pertenece exclusivamente a la historia de nuestra Gran Logia. Pertenece a la historia de la Masonería Universal. Cada obediencia hermana que respondió, cada Hermano que aportó desde otro país y cada institución que abrió un canal de cooperación colocó simbólicamente una piedra en este gran edificio de solidaridad.
Eso significa para mí la universalidad masónica.
No consiste simplemente en saber que existen templos y Hermanos más allá de nuestros mares. Consiste en sentir que, cuando una columna es golpeada en cualquier punto de la tierra, las demás columnas están llamadas a sostenerla. Consiste en comprender que ningún océano es suficientemente ancho cuando la fraternidad decide atravesarlo.
Mis queridos Hermanos, la verdadera obra masónica no se proclama con discursos: se cincela en el alma de los pueblos. Y cada saco de alimentos entregado, cada medicina puesta en las manos de quien la necesita, cada familia atendida y cada voluntario movilizado constituye un golpe de mallete sobre esa gran piedra que todos estamos llamados a desbastar.
Hemos dejado claro que el silencio del Gran Maestro son hechos en construcción.
Hoy puedo afirmar que amo profundamente a la Masonería porque he visto su fuerza cuando abandona la abstracción y se convierte en acción. Y amo profundamente a mi pueblo venezolano porque, incluso golpeado por la adversidad, vuelve a levantarse, vuelve a tender la mano y vuelve a construir.
España y Venezuela quedaron unidas en aquellos días por algo más fuerte que cualquier distancia geográfica: por la certeza de que la fraternidad solamente adquiere su verdadero significado cuando somos capaces de acudir al llamado del otro.
Que la historia registre entonces que, cuando la tierra se quebró bajo nuestros pies, fue la inquebrantable fuerza de la Masonería Universal la que ayudó a mantenernos firmes.
Que registre que las manos de nuestros Hermanos, venidas simbólicamente desde todos los Orientes, se unieron a las nuestras.
Y que registre, finalmente, que sobre las grietas abiertas por la naturaleza no levantamos únicamente cajas de alimentos, medicinas y refugios.
Erigimos juntos el más grande templo a la esperanza humana.
José Gregorio Sardelli Bravo
Gran Maestro
Gran Logia de la República de Venezuela