Hay momentos en los que las palabras que tantas veces pronunciamos en nuestros Templos deben abandonar el ámbito de lo simbólico para convertirse en actos concretos. Fraternidad, solidaridad, humanidad o socorro no pueden ser únicamente hermosos principios grabados en nuestros rituales: adquieren su verdadero significado cuando somos capaces de reconocer el sufrimiento ajeno y acudir, en la medida de nuestras posibilidades, en ayuda de quien lo necesita.

Este verano nos ha recordado, una vez más, la fragilidad de nuestra existencia. Incendios que han devastado amplias zonas de nuestro país, terremotos y otras catástrofes en distintos lugares del mundo y situaciones de emergencia humanitaria han reclamado nuestra atención. Ante ellas, los francmasones han vuelto a responder con una generosidad que merece ser reconocida y agradecida.

Quizá lo más importante no sea la cantidad finalmente recaudada, sino lo que cada aportación representa. Detrás de cada euro entregado existe un Hermano que, sin conocer probablemente el rostro de quien recibirá su ayuda, ha decidido hacer suyo, siquiera por un instante, el problema de otro ser humano. Y en ese sencillo gesto encontramos una de las expresiones más puras de la fraternidad. Ese lazo invisible que nos une, esa cadena indestructible que atraviesa cualquier tiempo y cualquier espacio.

Durante los últimos meses, el Consejo de Beneficencia y Solidaridad de la Gran Logia de España ha debido atender y estudiar diferentes situaciones de emergencia, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Los incendios sufridos en España, de los cuales yo y mi familia hemos sido víctimas y testigos directos, los terremotos en Venezuela y Colombia y diferentes crisis humanitarias en lugares como Ceuta o Nepal, han puesto nuevamente de manifiesto la necesidad de disponer de mecanismos capaces de responder con rapidez cuando sobreviene la desgracia.

Especialmente significativa ha sido la respuesta a la petición de ayuda recibida desde Colombia. El Consejo acordó por unanimidad destinar 10.000 euros a ayuda humanitaria, procurando al mismo tiempo preservar recursos suficientes para responder ante posibles emergencias en España o ante Hermanos que puedan encontrarse en una situación de urgente necesidad. O los 63.000 euros que pudimos enviar a Venezuela con su trágico terremoto.

Pero la Beneficencia masónica no nació ayer ni puede entenderse únicamente como una respuesta excepcional ante las grandes catástrofes. Desde sus orígenes, la Masonería ha considerado el socorro al necesitado como uno de los deberes naturales de la fraternidad. Ayudar al Hermano que atraviesa dificultades, atender a las viudas y huérfanos, sostener hospitales, escuelas, hospicios y otras instituciones asistenciales formó durante siglos parte de la actividad de numerosas organizaciones masónicas. La beneficencia no constituía un elemento accesorio de la vida de la Logia: era una consecuencia lógica de aquello que se profesaba dentro de ella, en esa triada tan necesaria de Interiorizar los rituales y meditar sobre ellos, estudiarlos y luego ponerlos en práctica mediante el Servicio a la comunidad y, por qué no decirlo, a la Humanidad entera.

Desde esta visión, existe una pregunta que todo masón debería formularse alguna vez: ¿de qué servirían nuestros principios si fueran incapaces de mejorar, aunque fuese modestamente, la vida de quienes nos rodean?

Construimos simbólicamente Templos a la Virtud, hablamos de perfeccionamiento moral y proclamamos la fraternidad universal del género humano. Pero todo ese edificio quedaría incompleto si no encontrara una expresión tangible fuera del Templo. La Beneficencia es precisamente uno de esos puentes entre el ideal y la realidad.

Y quizá nuestro desafío actual consista en pasar de una beneficencia fundamentalmente reactiva a una verdadera cultura permanente de la solidaridad. No podemos comenzar desde cero cada vez que sucede una catástrofe, especialmente en los alarmantes tiempos que corren. Necesitamos disponer de recursos que permitan actuar inmediatamente, complementados después, cuando sea necesario, por campañas extraordinarias. Esta ha sido precisamente una de las cuestiones planteadas recientemente por el Consejo de Beneficencia, que ha propuesto establecer un pequeño fondo estructural que garantice una capacidad mínima de respuesta ante las emergencias.

No hacen falta necesariamente grandes sacrificios individuales. La fuerza de una Obediencia reside precisamente en su capacidad para multiplicar pequeños gestos. Una aportación modesta puede parecer insignificante considerada aisladamente; multiplicada por cientos o miles de Hermanos puede convertirse en medicamentos, alimentos, reconstrucción, asistencia o esperanza. Este es el mensaje pedagógico que queremos lanzar desde el Consejo de Beneficencia. Y esa, además de atender las diferentes desgracias que nos rodean, será uno de los principios que nos motiven en los próximos tiempos.

Además, existe otra forma de beneficencia que no aparece en ninguna cuenta bancaria. Es el tiempo que un Hermano dedica a otro; la llamada al que atraviesa una enfermedad o una dificultad; acompañar al que está solo; compartir nuestros conocimientos profesionales; ayudar discretamente a una familia; estar presentes cuando alguien nos necesita. También eso es Beneficencia y también eso es Masonería.

Por ello, al agradecer profundamente la generosidad demostrada por tantos hermanos de la Gran Logia de España, que  durante este difícil verano, deberíamos recordar que nuestra tarea no termina cuando desaparecen las imágenes de una catástrofe de los medios de comunicación. La verdadera Beneficencia comienza precisamente cuando comprendemos que no estamos simplemente entregando algo de lo nuestro a los demás. Estamos reconociendo en los demás a nuestros Hermanos. Y entonces la antigua palabra Fraternidad deja de ser solamente una palabra y se convierte, finalmente, en una realidad universal. La mejora continua de nosotros mismos y de la sociedad es fundamental. Y esa mejora requiere estar alertas, estar preparados, y disponer de un excelente fondo para atender todo aquello que pueda surgir en el futuro. Por nuestra parte, desde el Consejo de Beneficencia, haremos todo lo que esté en nuestras manos, día y noche, sin descanso, para que la Buena Voluntad en Acción llegue por igual a todo el mundo.

Javier León

Gran Hospitalario de la GLE

Presidente del Consejo de Beneficencia y Solidaridad de la GLE